18/3/13

Las mujeres plantan cara al capital y al patriarcado



Cada semana tendría que ser simbólicamente un 8 de marzo. Está bien un día internacional, pero cada vez está más contestada la hipocresía de celebraciones que conviven con la moral y la violencia sistemática institucional del sistema social y político. Cada semana asesinan a mujeres y son hombres los ejecutores. Cada día se agrede psicológica y físicamente a miles de mujeres.
La indignación y rebeldía subyacente en la explosión cívica democrática del 15 de marzo y otros novísimos movimientos sociales, con su exigencia de igualdad y empoderamiento en la plaza pública, nos replantea los códigos en que se ha forjado la lucha de las mujeres y de las reivindicaciones feministas.
Imbricación e interdependencia entre el patriarcado y el capitalismo.
El patriarcado y el capitalismo, en la medida que configuran sistemas sociales con su código ético y moralidad imperante, es importante reconocer que su nacimiento corresponde a épocas muy distintas.
A medida que las etapas históricas se suceden se han yuxtapuesto y complementado de una forma inseparable en sus distintos modos de producción y correspondientes a situaciones sociales concretas. El patriarcado hunde sus raíces en los siglos de la antigüedad, con la agricultura y la propiedad privada, para incardinarse y pervivir con muy buena sintonía en la contemporánea sociedad burguesa capitalista de la “libertad, igualdad, fraternidad”. Conceptos revolucionarios de gran calado que casualmente excluyen en la práctica real y en la moral al 51% de la población mundial, formada por las personas y ciudadanas mujeres.
Es Andrea D’Atri quien en su artículo “Feminismo y marxismo: más de 30 años de controversias”1 empieza con la cita: “Una revolución no es digna de llamarse tal si con todo el poder y todos los medios de que dispone no es capaz de ayudar a la mujer –doble o triplemente esclavizada, como lo fue en el pasado- a salir a flote y avanzar por el camino del progreso social e individual”  de León Trotsky 2.
Cien años después de la revolución del octubre soviético, con la demolición de los iconos machistas de la Familia patriarcal y burguesa, con la igualdad en el trabajo para la mujer, su derecho unilateral al divorcio y al aborto, su potestad como persona sin depender del padre, esposo, hermano o hijo, su persecución implacable de la trata y el proxenetismo, con la separación del Estado y de la Iglesia, además de la denuncia de la moral teñida de paternalismo, asistimos a la involución de este ambicioso cambio para las mujeres. En nuestro S. XXI el patriarcado existe y vive en todas las instituciones y políticas del mercado capitalista de la propiedad privada.
Una moral jerarquizada por la masculinidad hegemónica.
La conciencia y moral dominante impone los valores de la sociedad patriarcal como algo normal, consustancial a la vida, ancestral y eterno, inamovible.
Ha habido un gran avance en la conciencia ciudadana, al considerar de dominio público y político todos los agravios que conciernen a la real desigualdad entre los hombres y las mujeres, en particular en pasar del dominio privado, familiar e intimo, al publico. La actual concepción sobre la violencia de género incluso se ha traducido en  leyes y medidas con el objetivo de atajarla, o al menos si no resolverla avanzar en limitarla.
Nos encontramos frente a cada medida, ley y procedimiento que defiende los derechos de las mujeres como personas, una contra reacción pública, notoria y lamentablemente muchas veces exitosa, que concita un amplio consenso entre las personas que deben aplicarla y los agresores. A menudo las mujeres que deciden denunciar a sus torturadores, no encuentran el apoyo necesario para su recuperación, chocan con esta moral imperante, que trivializa, normaliza el ataque recibido, sufriendo una victimización secundaria de parte de la sociedad y las instituciones.
En nombre de la igualdad de derechos y la no discriminación de los hombres con las mujeres, o la falta de recursos acrecentada con la crisis económica, nos encontramos a diecisiete años de la Plataforma de Acción de la IV Conferencia mundial sobre la mujer de Beijing5, a ocho años de la promulgación de la Ley integral de medidas, que se impone en los hechos la impunidad de los hombres en todos los ámbitos cívicos y legales. Incluso se está produciendo el contrasentido de que bufetes de abogados/as que defienden a las mujeres en temas de violencia de género, pasen a defender a los hombres agresores por la simple razón de quien posee la capacidad y solvencia económica.
Se genera una acusación en los medios que generalizan sobre denuncias falsas que las mujeres utilizan a su favor las leyes, a pesar de que son un escueto 0,01% 3. La realidad es la inmensa cantidad de sobreseimientos dictados en los juzgados de violencia sobre la mujer (en 2010 23.772 un aumento del 137% respecto 2005)3, la falta de órdenes de protección, la imposición de la guardia compartida en casos de violencia. En fin, la víctima, la mujer, es víctimizada, no se la escucha, se le niega credibilidad, y sigue discriminada negativamente frente al hombre agresor.
La educación en la transmisión de valores desde la familia y desde la escuela, se complementan con la prédica de la jerarquía eclesiástica y los contenidos de los medios de comunicación en manos de los poderes públicos.
Venimos de una etapa de la humanidad en que hay un pacto implícito de los hombres de dejar fuera de las decisiones de la organización social al género femenino, a las mujeres. Hombres y mujeres estamos dentro de esta forma de relacionarnos. Se ha normalizado que así sea, y en el imaginario popular todavía se vive el "siempre ha sido así”.
La jerarquización del poder económico y político conforma el núcleo ideológico de la moral en la que viven las mujeres y los hombres. Los roles los impone este poder y estructura social basada en la dominación patriarcal. Jerarquización que liga con los intereses del capital que la aprovecha para la explotación del 99% de la población, sean hombres o mujeres. 
La pobreza tiene rostro de mujer.
Una parte substancial de la explotación del trabajo se basa en la degradación general de las condiciones laborales y de vida, en particular se ceba a fondo en las mujeres.
La crisis económica aumenta escandalosamente la desigualdad salarial entre mujeres y hombres. La brecha salarial ha pasado de 28 a 29,1 puntos porcentuales. Una mujer tiene que trabajar 62 días más que un hombre para lograr la misma retribución.
En esta época de crisis se equilibra la tasa de paro entre los dos sexos, porque parte de una situación desequilibrada en cuanto a población activa en el mercado laboral. En 2012 todavía supera en 2 millones la masculina respecto a la femenina. Si la tasa de actividad fuera similar, la tasa de desempleo femenino sería de un 37%.
Las mujeres suponen ya el 46,8% de la población asalariada, aunque solo el 40,9% de la población asalariada a tiempo completo.
La pobreza tiene rostro de mujer. Las mujeres suponen el 69,5% de la población asalariada con ingresos inferiores al Salario Mínimo Interprofesional pero solo suponen el 26% de la población que gana más de 8 veces el SMI.
No sólo la desigualdad salarial también las dificultades en el acceso y condiciones laborales, la segregación sectorial y ocupacional, o la especial incidencia en la empleabilidad de las mujeres de la ausencia de políticas favorecedoras de la corresponsabilidad y medidas de conciliación entre tiempo de trabajo y tiempo de vida, constituyen manifestaciones evidentes de la persistencia de la desigualdad hacia las mujeres en nuestra sociedad. (Informe secretaria confederal de CCOO. Nov.2012)4.
Esta discriminación salarial se extiende en las condiciones laborales y en las expectativas de responsabilidades profesionales. Cuando pasamos de las categorías más bajas al capataz, de la administrativa al jefe, de la enfermera al médico, de la ejecutiva a los gerentes y consejeros delegados, hay una pirámide infernal donde las mujeres son la base de muchas profesiones y espacios de acción, pero son excluidas sin compasión en la dirección de las empresas, de los partidos y en general de todos los aspectos políticos de la sociedad.
La violencia machista no es biológica.
El sistema capitalista ha sostenido la sumisión de las mujeres cuando no hay ninguna prueba científica ni necesidad vivencial que lo justifique.
En todas las esferas sociales desde Aristóteles a nuestros días el argumento biológico de diferencias entre los sexos masculino y femenino ha sido la estrella que ha guiado a sabios y poderosos.
En este sentido la revolución industrial, las nuevas tecnologías, todos los adelantos del último siglo han ayudado a demostrar la falsedad de que las diferencias biológicas justifiquen la discriminación y la situación de ciudadanas de segundo orden, incluso la negación de ciudadanas (en el Vaticano, en Bután, en Arabia Saudí todavía no pueden votar les han prometido en 2015,…), en el siglo XXI.
El género femenino como construcción social, con los roles marcados en cada paso de nuestras vidas, de cómo nos hemos de relacionar, de cómo hemos de amar, de qué proyecto de vida hemos de desempeñar, va unido a cómo ha de ser la masculinidad hegemónica, es decir, de cómo se han de comportar los varones.
La desigualdad sí interesa a una minoría dominante. Los dueños del capital, de las finanzas, de las empresas y de las iglesias, aprovechan para su interés de castas minoritarias la injusta desigualdad fruto de la dominación de género de los hombres sobre las mujeres.
La lucha de las mujeres que nos han precedido, los logros conseguidos a todos los niveles públicos y privados, en la educación, en el trabajo, en la política, han demostrado que las mujeres somos parte de la humanidad y como tales hemos de poder estar en los lugares de decisión y hemos de poder vivir sin discriminaciones y desigualdades con respecto a los varones.
“Eres mía”
La violencia estructural y violencia institucional reside en todos los ámbitos sociales públicos y privados.
Esta violencia institucional y empresarial hacia las mujeres tiene su otra cara de la moneda en la extendida violencia de género con la que los hombres agreden, torturan y asesinan a las mujeres, al grito de “eres mía”. La mujer aún es una propiedad más del hombre en la sociedad y moral capitalista patriarcal.
Necesitamos un cambio profundo en la sociedad colectivamente, en las relaciones entre mujeres y hombres, que revertirá en cambiar la jerarquía imperante entre dominantes y oprimidos.
En el plano del patriarcado que afecta a mujeres y hombres, los hombres también sufren la opresión de la jerarquía machista. Todos los colectivos de mujeres que están luchando por cambiar este sistema para la emancipación de las mujeres han de formar parte de este futuro, de una nueva manera de organizar la sociedad en otro sistema.
Este 8 de marzo, Día Internacional de la mujer trabajadora, los lemas han oscilado entre el derecho a la igualdad en el trabajo hasta contra el patriarcado y el capitalismo, por la revolución feminista ya, y defensa de desobediencia feminista. La emancipación de la mujer se inscribe, en esta crisis y en la globalización, entre los factores básicos para romper y superar el capitalismo con su transmisión patriarcal. La revolución social y de la mujer necesitan actuar estrechamente unidas para vencer.      
Volviendo a Andrea D’Atri 6 cita: "Sin Feminismo no hay Socialismo", y explica: "¿Quién es socialista y no es feminista, carece de amplitud, pero quien es feminista y no es socialista carece de estrategia (Louise Kneeland, 1914) y continua ... es decir, se vinculará la lucha de las mujeres con una lucha por un cambio social que ponga este sistema patas arriba, porque está basado en una minoría de parásitos que explotan a la mayoría de la humanidad, de las que las más afectadas son las mujeres ... de mil trescientos millones de pobres que hay en el mundo, el 70% son mujeres y niñas ... ".
Conciencia de las necesidades de transformación y de subvertir las situaciones sociales de domínio y opresion.
Cuando los diferentes grupos de mujeres jóvenes analizan y reflexionan en las plazas públicas las causas de esta violencia estructural que oprime a la mitad de la población, va a las raíces del sistema, del sistema patriarcal, pero también del sistema capitalista que lo sustenta. Incluso las reivindicaciones políticas y sociales por la libertad de las mujeres a vivir en un mundo libre de violencia, piden un cambio social profundo. Este cambio social entronca con otros movimientos que también lo demandan.
Las mujeres estamos en todos los movimientos y la lucha es transversal en todos los sectores sociales, por lo tanto cualquier revolución del cambio social se hará con las mujeres como componentes e impulsoras fundamentales o no se hará.
La transformación social implica unas bases materiales, económicas, políticas, culturales y vivenciales que afectarán y permitirán un estadio superior, diferente, para dar el paso a una igualdad real basada en el diálogo, consenso y respeto mutuo entre los géneros.
Notas:
(1)          Andrea D’Atri. Feminismo y Marxismo: más de 30 años de controversias. Noviembre 2004.
(2)          León Trostky. La Revolución traicionada.
(3)          Fuente: Consejo General del Poder Judicial.
(4)          Crisis y discriminación salarial de género, CCOO
(6)          Andrea D’Atri. http://www.scielo.org.ve/pdf/rvem/v14n33/art09.pdf

Montserrat Vilà Planas es presidenta de la Plataforma Unitaria contra las Violencias de Género de Cataluña

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