27/11/09

Sin Muro mejor

La izquierda aún no ha levantado cabeza desde el derribo del Muro de Berlín, que separaba la Alemania y la Europa capitalista, de la Alemania y Europa y URSS socialista.

Hoy en día ya casi nadie se atreve a sostener que sea una perspectiva ejemplar de futuro el denominado socialismo real, del comunismo de la URSS, y de su burocracia dictatorial que se extendía por todo el mundo a través de la diplomacia estatal rusa y de los PCs.

Es la socialdemocracia quien se ha beneficiado políticamente de la pervivencia del sistema capitalista y de la debacle profunda e ignominiosa del comunismo ortodoxo estaliniano y el de sus epígonos, o nostálgicos.

Hace unas cuantas décadas que la gente joven vuelve la espalda al comunismo. Es una actitud vital de conciencia, jaleada por una meliflua intelectualidad imbuida de servidumbre al ideal burgués. Con el contrapunto del progresivo sectarismo y alejamiento del corazón obrero y sindical por parte de las tendencias neoestalinianas, huérfanas de las directrices materiales del Estado burocrático de la URSS, y de los principios del "socialismo en un sólo país" y de "las etapas en la revolución", de la preservación de la URSS a costa de someter a la democracia burguesa a los demás países incluso ahogando sus insurrecciones y revoluciones, del pacto entre Hitler y Stalin, o en China con la subordinación al frente burgués del Kuomitang, de los Procesos de Moscú, punta del iceberg en el que se aterrorizó y eliminó toda disidencia de izquierdas o de derecha, cuya mano alargada llegó también a España, contra el POUM y el asesinato de su dirigente Andreu Nin.

El comunismo del socialismo real de la URSS, a diferencia de la imagen del socialismo nórdico sueco, tiene el sello de ríos de sangre obrera, de negación de la libertad política y democráticas, incluso las de nuevo tipo soviético, de barbarie a evitar repetir, casi como un gemelo antitético de las atrocidades nazis hitlerianas. Un cáncer a extirpar que se extendió en metástasis, agotó los recursos revolucionarios, vació y trastocó las instituciones soviéticas y los logros colectivistas de avance socialista. Una reacción en toda regla hija de la paralización del proceso revolucionario en Europa y en otras partes como China.

El comunismo estaliniano no es producto de la revolución obrera, o de los principios marxistas de la Dictadura del proletariado de Lenin, ni de la Revolución permanente de Trotski, ni consecuencia de la concepción de partido bolchevique. Lo que hubo en la URSS es la negación práctica, la destrucción real, una mutación de la revolución soviética y de las concepciones de sus principales teóricos y de las clases proletaria y campesina que la llevaron a cabo. Conocemos como comunismo o socialismo real soviético, lo que fue la contrarrevolución que paralizó e involucionó un gran avance de la sociedad hasta hundirlo en la materialidad donde lo hubo y en la conciencia de millones de gente trabajadora.

Necesitamos cortar amarras con estos principios teóricos y con las experiencias nefastas. Hemos de aprender a fondo sus lecciones revolucionarias y de decadencia para construir a partir de ellas el futuro de la izquierda. Hemos de estudiar y aprender de la discontinuidad y contradicción dialéctica en el germen revolucionario. La contrarrevolución burocrática aunque continúe en el tiempo y en el espacio de una sociedad o país, no es una continuidad incluida en el ADN de una sociedad y revolución o germen teórico, sino la negación destructora de tal continuidad y desarrollo. Lo trágico en el caso de la URSS, no es de ninguna manera la caída del Muro de Berlín, sino que en la negación del cáncer estaliniano ha avanzado la contrarrevolución burguesa y ha retrocedido el proceso revolucionario socialista. En cambio los teóricos de la burguesía y la intelectualidad a su servicio, propagan desde las Universidades a las escuelas, desde los púlpitos a las empresas, las bondades de la desigualdad de la propiedad privada y del mercado capitalista, mientras denostan la continuidad de las doctrinas revolucionarias puesto que, dicen, llevan inexorablemente a lo que hubo en la URSS. Se olvidan, ocultan, que a lo que llevan hasta ahora es a un capitalismo decadente y de crisis globalizada, en la URSS y en el mundo.

Para que haya avances a una sociedad socialista tiene que haber unas libertades democráticas reales -no formales- muy superiores a las actuales burguesas. El poder social y el político ha de permanecer en la colectividad, sin usurpaciones de intermediación burocrática. La población trabajadora ha de mejorar ostensiblemente sus condiciones de vida, trabajo y de educación. El patriarcal machismo imperante ha de ceder y dar pasos a una igualdad entre las mujeres y los hombres. El poder político, las instituciones estatales, han de cambiar para pasar de la clase burguesa y su punta financiera a la clase trabajadora. El derecho de uso ha de convertirse en primordial y colectivo, en vez del derecho de propiedad y de la ley del mercado privado. La gran propiedad ha de pasar a ser comunal, colectiva, social. Esta es la revolución pendiente.

El derribo del Muro de Berlín en 1989, con el desmoronamiento posterior de la URSS, destapó el hedor y horror del socialismo real.

Quienes se ven obligados a indicar que no se alegran, o con subterfugios aluden a otros Muros y atrocidades peores de la burguesía, no se dan cuenta de que la gente joven, y una gran masa trabajadora, no quiere ni por acción u omisión una perspectiva como la del Muro. Y tienen razón. Por supuesto la burguesía se cuida de anotarse los tantos y echar lodos al socialismo y al comunismo, y a limpiar las crisis y desigualdad real profunda burguesa. Pero para pasar cuentas con la actual dominación burguesa necesitamos combatir toda herencia nefasta, sin justificaciones jesuíticas del buen objetivo a conseguir.

Sin el Muro de Berlín estamos en mejores condiciones para lograr una izquierda trabajadora revolucionaria y socialista.


Fotos en PeriodismoenlaRed y Berlin.de.

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