22/8/13

Cientos de personas haciendo cola entre dos verjas de hierro para cruzar el control israelí.

Día 6: "Nosotros sólo queremos vivir en paz"
Brigada Pau Sempre. Miércoles, 21 de agosto. Una tarde más, cae el sol en Palestina y llega el momento de realizar la difícil tarea de resumir en unas líneas todas las emociones e imágenes que se agolpan en nuestras cabezas.
Los más madrugadores han salido sobre las cinco, con la intención de ver el check-point de Belén (conocido como “Check-point 300”) en plena hora punta. El escenario que nos han descrito es casi tan demoledor como el que hemos podido observar nosotros hora y media más tarde. Cientos de personas haciendo cola entre dos verjas de hierro para cruzar el control israelí que da acceso al otro lado del muro, donde la mayoría de los palestinos trabaja para los israelíes. La situación no puede ser más humillante.
A la salida... hemos viajado hasta Lifta, antiguo pueblo árabe de Jerusalén Oeste renombrado como Neftoa por los israelíes, en ese constante intento de borrar la memoria histórica del pueblo palestino.
En realidad Lifta no es sino un conjunto de casas fantasma; un recuerdo de la vida palestina tal y como debía de ser antes de la Nakba (“el desastre”) del  48, en el que  entre 500 y 800 aldeas y pueblos como éste fueron arrasados por el ejército israelí. Ahora apenas quedan unas cuantas piedras, reflejo de miles de sueños truncados y vidas robadas.

Después de comer entre las ruinas de Lifta, nos hemos despedido de Daoud para  viajar con Muhammad (arquitecto que colabora con el ICADH) a Beit Hanina, pueblo de la periferia de Jerusalén Este. Allí, hemos visitado a la familia Al Sweish, cuya casa fue reconstruida por tercera vez en 2011 por otra brigada española.
Zidane, acompañado de su mujer Nasrine y sus cinco hijos, nos ha recibido con los brazos abiertos, enseñándonos orgulloso su casa y ofreciéndonos, café, té, uvas de su parra y dulces hechos por ellos mismos.
Nos hemos vuelto a emocionar escuchando su historia; otro drama más en el que la ocupación y el conflicto adquieren nombres propios. Pero también al contemplar sus sonrisas y sus ganas de vivir; de resistir.
Han agradecido el trabajo de los voluntarios que ayudaron a reconstruir su casa (“trabajaban mejor que los propios obreros”, bromeaba el matrimonio) y nos han pedido simplemente que a nuestra vuelta a España contemos su historia y visibilicemos la realidad que viven día a día.
“Nosotros sólo queremos vivir en paz”, nos decía Zidane. Y tienen todo el derecho del mundo.
Al menos por nuestra parte queda el compromiso firme de darles voz; de no ser cómplices de un silencio que ahoga año tras año a todo un pueblo; el Pueblo Palestino.
 
María (Peque), crónica completa en la Brigada de Pau Sempre.

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